Testimonio de Christian Rendu, Francia

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Fue en Saint Jodard[1], a mediados de agosto de 1991, cuando me encontré por primera vez con el p. Marie Dominique PHILIPPE. La noche estaba muy avanzada y, alrededor de las dos o tres de la mañana, aun éramos numerosos los que estábamos esperando frente a su puerta. Este encuentro que duro menos de un cuarto de hora literalmente transformo toda mi vida y la de mi esposa, para siempre.

Ese padre a quien aún no conocíamos, esa noche me ánimo a cumplir nuestro deseo de mudarnos con nuestra familia en un pequeño pueblo de Beaujolais, cerca de una obra de la Comunidad San Juan, la cual, acabábamos de conocer hacía aproximadamente dos meses atrás. Después de haberme presentado y exponerle nuestro deseo, su respuesta fue inmediata: «¡Hay que hacer el intento!».

Unos meses más tarde, compramos una casa en el centro del pueblo –aun sin haber podido visitarla– y nos mudamos en la Pascua de 1992. Cuando nos mudaros, nuestro hijo mayor tenía ocho años (actualmente él es sacerdote) y nuestra sexta hija, cinco meses. En 1991 viviendo en Vendée, mi reorientación profesional se impuso muy fácilmente y de modo duradero, entonces nosotros ya nos habíamos comprometido en esta gran aventura.

Describiré brevemente el impacto que provoco este encuentro. En aquella noche de agosto 1991, viví la experiencia de una presencia como nunca antes la había tenido. En efecto, el p. Marie-Dominique PHILIPPE únicamente por su presencia contemplativa y silenciosa, fue aquel día, el instrumento de la transformación radical de mi vida y la de mi familia. Este cambio de vida, que era como una locura a los ojos de los hombres, se convirtió súbitamente en sabiduría.

Como el relámpago, con una mirada de águila, él hizo inteligible la intuición repentina que teníamos de venir a mudarnos a este pueblito cercano a una obra de la Comunidad San Juan. Él confirmaba así el deseo que teníamos de nos revitalizarnos cerca de una comunidad y cooperar en su trabajo, según un modo de vida que tuvimos que descubrir progresivamente con el tiempo, a veces en la alegría, seguido en la prueba.

Él nos animó a ser audaces y al mismo tiempo nos previno que este nuevo camino sería completamente diferente del que habíamos recorrido anteriormente. En ese momento mi familia estaba inmersa en la completa niebla, debido a problemas personales de salud graves, y, súbitamente, mi familia se transformó. Esta nueva vida resultó ser la realización del camino inaugurado con nuestra conversión al inicio de nuestra vida de pareja. Y es como cristianos laicos que deberíamos continuar por este camino.

En esa conversación, el p. Marie-Dominique PHILIPPE nos invito, ciertamente inspirado por el Espíritu Santo, a vivir de una prudencia divina, mientras que a nuestro alrededor todo nos incitaba a tener moderación con esta elección radical. Mirando hacia atrás, veo en la acción de gracias este breve encuentro, el cual, me hizo descubrir a este sacerdote dominico tan audaz. Su locura era sabiduría y, fue para nosotros el instrumento de la misericordia de Dios. ¿Podríamos atrevernos a decir, como un día lo diría un amigo, que su palabra era cuasi-eucarística en el sentido en que aportaba a cada uno lo de deseaba y en la medida en que se podía recibir, tal como la Eucaristía nos alimenta según la medida de nuestra hambre?

Los encuentros que posteriormente tendríamos con el p. Marie-Dominique PHILIPPE fueron menos personales: conversábamos más bien de lo que vivíamos los unos a otros en esta aventura. Casi me gustaría decir que, según una analogía de similitud, durante esos encuentros experimentamos una presencia cuasi-eucarística. Yo era atraído por el sorprendente fulgor de lo que sucedía.

El fulgor, es su definición misma, es relativo a la velocidad de la luz. ¿El fulgor de la luz, no es tan intenso y penetrante como el relámpago, contrario al actuar humano, que a menudo es frenado por la inercia y la gravedad? La luz que el padre Marie-Dominique PHILIPPE nos traía siempre era una inmensa fuente de fecundidad, puesto que tocaba la verdad. Quiero escribir que nos acercaba al acto puro[2], liberándonos las cargas humanas que ensombrecen nuestra inteligencia.

Mis palabras probablemente serán consideradas demasiado fuertes, incluso sobrepasando los límites de una correcta teología. Como ingeniero, no tengo una profunda formación teológica. Evoco pues los términos: presencia cuasi-eucarística, acto puro, con las debidas precauciones, según una analogía de similitud y no del ser. Ellos expresan, según lo que comprendo de tales términos, la intensidad de la experiencia de mi encuentro con el p. Marie-Dominique PHILIPPE.

De un modo más con mayor medida, podría evocar la profundidad de estos encuentros, que renovaron la vida del Espíritu en mí, liberándome de muchas cargas… lamentando, bajo la influencia de una prudencia demasiado humana, de atenuar la intensidad de lo que viví en mis encuentros con el p. Marie-Dominique PHILIPPE.

Mi formación científica y mi profesión me enseñaron a atreverme a aprehender la realidad en mi experiencia y, de ser necesario buscando las analogías más significativas para dar un verdadero testimonio de lo que he observado. En este caso preciso, es la intensidad de la pureza de la presencia del p. Marie-Dominique PHILIPPE unida a una inmensa delicadeza humana y la gran fecundidad de esos encuentros, de los cuales me parece importante dar testimonio, con una mirada casi «metafísica», en el sentido primero del término. Estos encuentros tan fecundos irrigaron y continúan irrigando mi vida personal, familiar y profesional.

Recibí la enseñanza del p. Marie-Dominique PHILIPPE en fragmentos aislados, escuchando las grabaciones durante mis numerosos viajes de trabajo. Y profundice en tales enseñanzas gracias a la cooperación con nuestros vecinos, sus discípulos, que se alimentaban y vivían de esas enseñanzas.

El resplandor de la oración personal del p. Marie-Dominique PHILIPPE durante los oficios y particularmente en la Misa, en el momento de la consagración, ha sido para mí una enseñanza muy concreta y me ha hecho desear entrar cada vez más en la contemplación del misterio, sin embargo, no he podido seguir sus cursos de teología. De cultura católica simplemente por herencia, sin inteligencia de la fe y con una educación religiosa muy superficial, fue en sus predicaciones y las de algunos de sus discípulos fieles, que aprendí a descubrir y comprender del interior el sentido de la práctica religiosa y de los sacramentos. Lo cual fue cumbre de mi camino espiritual, haciendo alianza de mi inteligencia y mi corazón.

La cercanía con los discípulos del p. Marie-Dominique PHILIPPE, con una familia numerosa como la nuestra, en un pueblo de montaña aislado, nos permitía distinguir muy rápido a aquellos que vivían la amistad en acto, hic et nunc, y sin discursos, de aquellos que se contentaban con el discurso. En efecto, el amor de amistad se vive de una manera muy concreta en una villa de 300 habitantes, con mayor razón cuando reúne en un espacio muy pequeño familias, niños, consagrados, religiosos, jubilados, campesinos, oblatos y agnósticos.

No es muy difícil comprender en que la enseñanza del p. Marie-Dominique PHILIPPE acerca de «el crecimiento del amor» puede ayudar a una pareja a afrontar las pruebas de la vida, más allá de las cuestiones de infidelidad del mundo de hoy, particularmente cuando se tiene una familia numerosa.

En mi trabajo profesional, la enseñanza del p. Marie-Dominique PHILIPPE fue decisiva. Mi doble formación en la escuela de ingeniería y la escuela de comercio, mi interés que militaba con la doctrina social de la iglesia, así como varias experiencias fuertes de gestión industrial antes de nuestra mudanza, me habrían proporcionado el solfeo, por así decirlo. Por su enseñanza filosófica, particularmente sobre el trabajo, la cooperación y la metafísica, el p. Marie-Dominique PHILIPPE, el testimonio concreto de sus discípulos y el contra testimonio de los discursos, me han ayudado mucho a escribir y a tocar la partitura en mi segunda vida profesional que necesitaba una buena aprehensión de realidades muy complejas. El oficio de consultoría para el pilotaje de grandes programas (nuclear, aeronáutica, espacial, ingeniería social, …), en efecto, exige una gran agilidad para intervenir sólo de manera eficaz sobre problemáticas muy densas.

Respecto a esto, muchos indican la gran inteligencia del padre, en cuanto a su calidad como profesor. La experiencia de mi encuentro con el p. Marie-Dominique PHILIPPE me conduce a pensar que hay que ir más lejos para comprenderlo. Su inteligencia se nos manifestaba muchísimo más lejos.

 “Por principio el profesor sabe” y le es muy difícil aceptar ser sobrepasado por una verdad que tal vez no conoce, sobre todo cuando se trata de experiencias personales. Esto exige una inmensa humildad de su parte. El p. Marie-Dominique PHILIPPE tenía esa humildad. Su inteligencia era ejercida en la comprensión de lo que descubría en nosotros, en un camino contemplativo, casi silencioso. Él actuaba con una delicadeza infinita, pues esto concernía a nuestra experiencia personal. Nosotros recibíamos de él la ternura que sentíamos aun físicamente. Ello le fue reprochado mucho, mientras solo era la manifestación tangible de la misericordia.

Seguido llegue a observar que esta misericordia atraía a muchas personas heridas por la vida. Él era un poco como un hospital de campaña, – según la expresión del papa Francisco respecto a la Iglesia – para todos los pobres con los que se encontraba. Ellos tenían una necesidad urgente de la misericordia para revivir. ¿Acaso no son algunos los que hoy en día le reprochan la misericordia que ellos mismos pidieron?

Dado en Lyon, el 13 de octubre de 2015

Christian RENDU – padre de 7 hijos, ingeniero consultor

[1] Pueblo del departamento de Loire, en Francia, donde se encuentra la casa de noviciado de la Congregación San Juan.

[2] Expresión proveniente de Aristóteles para designar al Ser primero, que todas las tradiciones religiosas llaman Dios.