Testimonio de padre Reginald

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Hay hombres que de inmediato inspiran admiración y asombro, no por el temor que inspiran, más bien por el temor de Dios que parece inspirarles y que, a pesar de su grandeza, los establece para siempre en una misteriosa pequeñez, tal que – aprendiendo a conocerlos – nunca tendríamos miedo de ser decepcionados por ellos, más bien tendríamos miedo de defraudarlos. El padre Marie-Dominique Philippe era uno de ellos.

La primera vez que me encontré con él, yo tenía 17 años, fue durante una misa que él celebraba. Yo estaba muy intimidado de pensar en la cita que tenía con él al terminar la Eucaristía, pero esta intimidación se transformó en admiración ante tanto fervor, recogimiento y atención para celebrar el santo Misterio. Nunca había visto celebrar la misa con tanta intensidad,  respeto y emoción. A tal punto que las interrogaciones con las yo venía a su encuentro para esta primera cita repentinamente me parecían insignificantes e incongruentes. Sin embargo, me arriesgue a presentárselas y fue con una gran sonrisa, tal vez incluso una risa, tan amorosa que me respondió. No derribando lo que podía quedar de objeciones, más bien depositándolas con tanta gentileza y dulzura como algo que no era tan grave… esta impresión casi extraña de que todo se simplificaba en su presencia, cuántas veces todos nosotros la probamos.

Creo profundamente que el padre Marie-Dominique era un hombre que temía a Dios, un hombre temeroso de Dios y, tal vez es la influencia de Dios sobre él que nos lo hacía tan atrayente, amable, pero al mismo tiempo inaprensible.

Como si presintiéramos que era completamente vano atraparlo. Había algo en él que se nos escapaba, algo del destino mismo de Jesús y, que tal vez es la marca de los hombres que solamente pertenecen a Dios « pero él pasando en medio de ellos, seguía su camino ».

El padre Marie-Dominique Philippe estaba completamente dado a nosotros, sin embargo, parecía como si ya nos precediera en la otra orilla, de tal manera que era imposible pararse, poseerlo. Cuando terminaba una cita con él, era con una delicadeza extrema y llena de eficacia con la que nos acompañaba a la puerta de su oficina. Si era impensable –sin embargo, tan deseable para algunos, especialmente para ciertos – el poder atraparlo, él era como absolutamente incapaz de acapararnos. “Mi vocación es empobrecer” le había confiado a una vieja amiga. Temiendo a Dios, el padre Marie-Dominique Philippe era un hombre pobre que portaba en él y a nuestro alcance el Reino de los cielos. Es el Reino lo que presentíamos cuando, acurrucándonos por un momento sobre su corazón de padre, hacíamos la experiencia de una paternidad  en el gesto tierno y abierto. Me parece que, siendo tan pobre, el padre Marie-Dominique Philippe podía estrecharnos sobre su corazón de tal manera que estábamos como escondidos a “cielo abierto”.

A propósito de esto, pienso que, los que se atrevieron a estudiar lo que llamaron  « las zonas de sombra » de la vida del padre Philippe, cruzaron el límite maldito de antaño que fue sobrepasado por « Cam padre de Canaán » hijo de Noé, y se apartaron de la sombra benéfica hacia zonas más tenebrosas… las de sus acusaciones y tal vez de su mala conciencia. Las zonas de sombras…Sí, es verdad que el padre Marie-Dominique parecía vivir a la sombra, a la sombra de Alguien. Vivía en esta sombra de la que san Bernardo decía que era « la luz de Dios ». ¡El sol es quien hace la sombra! Y jamás será esta “necesidad posmoderna de transparencia” la que aclarará un poco lo que fue la vida del padre Philippe. Como él era pobre estaba escondido; pero al espíritu del mundo no le gusta lo que está escondido « nadie actúa en secreto cuando quiere ser conocido… Es que ni siquiera sus hermanos creían en él. » (Juan 7,4)

Pero para los que no temen la admiración, que no tiene miedo de vivir allí, para todos ellos y todos los que estaban un poco perdidos, los pequeños, los pobres, los sedientos, el padre Marie-Dominique por su vida y sus palabras indicó los lugares secretos en donde encontrar las fuentes escondidas. Ir a verlo para escucharlo, acercarse a él, rezar con él, recibirlo, comprenderlo y simplemente admirarlo como un hijo, porque siendo libre, puede hacerlo, sin duda fue descubrir una fuente; la fuente del Evangelio, la Palabra de Dios contemplada por él y transmitida a nosotros sin envidia, brota siempre, ferviente.

El fervor, también era una característica tan profunda de la limpidez (esta palabra que tanto amaba) de su corazón de padre. Deseaba mucho para sus hijos la gracia del fervor en el cual veía una fidelidad al primer amor al que nos exhortaba regresar incansablemente. Un amor que da todo, sin reservas y que rechaza toda fatiga, todo repliegue en sí mismo, toda excusa.

Habría que evocar todas las razones por las que el padre Marie-Dominique se convirtió para nosotros “el padre”. Este nombre familiar y espontáneo a algunos podría parecerles exagerado, inconveniente. Tal vez lo fue, pero también cuan rico de sentido para todos los que aprendieron a conocer cerca de él, a través de él, la paternidad del padre de la Santísima Trinidad.

Esta grandeza del padre Marie-Dominique, tuve la oportunidad de admirarla por última vez la víspera de su muerte, unas horas antes de morir. Yo había venido a Saint-Jodard y pude quedarme a solas con él un largo tiempo, cuando ya había entrado en su agonía. Y entonces, ver en que abismo de pequeñez y pobreza, el padre Philippe se dejaba conducir para entrar por la puerta estrecha con la Virgen María, hizo una especie de testamento bajo la forma del llamado a seguir el camino trazado por él para sus hijos. Como quisiéramos, ahora en nuestro turno, poder bendecirlo y abrazarlo para agradecerle y, alabar al padre de la Santísima Trinidad por habernos consentido tanto.

Registrada el 18/11/2013