Testimonio de una hermana, Mexico

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Conocí al padre primeramente por medio de las hermanas y los hermanos de San Juan, al hablarme y enseñarme de él. Después de algunos meses de haber conocido a las hermanas, estaba a punto de entrar con ellas, cuando conocí personalmente al padre a la ocasión de un retiro para los hermanos y hermanas predicado por él en Saltillo el mes de septiembre 2001. Esta experiencia fue pequeña, de una semana, pero encontrarlo personalmente fue para mí una de las mejores bendiciones de mí vida, una experiencia única, que fue decisiva para mí, para tomar la decisión de entrar con las hermanas. Jesús, Nuestro Señor, lo permitió, porque yo deseaba conocer al padre. Al ver al padre durante un momento del retiro, lo que me toco más profundamente y que marcó mi vida, y aún lo sigue haciendo, fue: que su persona reflejaba mucha sencillez, una humildad muy especial. Que sus gestos, su cuerpo, su mirada, su atención tomados y dirigidos siempre en primer lugar a Dios, a Jesús, a la Santísima Virgen María. El amor y respeto que tenía por cada uno de sus hermanos y hermanas, su atención que lo caracterizaba mucho. Puedo decir que transmitía y reflejaba ya desde esta tierra, sin él buscarlo, algo de la santidad.

Lo pude saludar y abrazar espontáneamente en dos ocasiones, le expresé mi gratitud simplemente por haberlo conocido; en respuesta a mi saludo recibí del padre una sonrisa llena de alegría y ternura, tan delicada como la de un padre con un hijo. Tenía una misericordia sorprendente, el respeto que tenía por cada persona. Yo no hablaba francés, pero me escuchó atentamente, y con una alegría tan pura expresada siempre en su rostro, sobre todo en su sonrisa. Esto y lo anterior que dije me impresionó mucho. El haber conocido y encontrado al padre Philippe, fue para mí encontrar a una persona santa.

En otra ocasión lo encontré en una pequeña recreación con personas de todo tipo, se relacionó con mucha sencillez con todos los que nos acercábamos a él, con su buen y limpio humor que lo caracterizaba.

Otra cosa que conocí de él fue ¡su gran amor por la verdad!, en primer lugar de Dios, y después su búsqueda enamorada y apasionada por todo tipo de verdad, siempre en referencia a la persona humana, y también cristianamente. Todo esto lo descubrí y tocaba en sus cursos, en conferencias que nos dio personalmente, y después también al conocerlo por sus libros, etc.

Algo que a mí en lo personal me marco profundamente, fue el gran amor que tenía por la Palabra de Dios, que captaba toda su persona y que él me enseñó a amar. Cuando nos hablaba en sus conferencias de algún misterio de Dios, de Jesús, de la Virgen María, podía ver que el padre vivía o contemplaba algo de eso que él no decía al predicar, y que a uno lo llevaba también a querer amar y buscar eso mismo.

También lo que le caracterizaba mucho era su oración, su adoración silenciosa a Dios, a la Santísima Trinidad, su amor entrañable por la Santísima Virgen María. Dios siempre fue su razón de vivir, su punto de partida, era un enamorado tenaz de la Santísima Trinidad, de Jesús Crucificado. Me impresionó mucho la fe tan pura que tenía en Dios, una fe que sobrepasaba las cosas de la vida humanamente hablando, su esperanza puesta solamente en Dios, su amor tan tierno y alegre por Jesús en todos sus misterios. Todo esto me impacto mucho sobre todo cuando celebraba la Misa, su amor puro por Jesús en la Santa Hostia consagrada, sus gestos expresaban la atención, el vigor de un enamorado y entregado totalmente a Dios y a las cosas que tocan a Dios.

Al haber conocido al padre, me dije a mi misma: he encontrado lo que yo deseaba y buscaba: el amor de Dios por mí, a través de su enseñanza y testimonio de vida.

El amor que tenía por sus hermanos y hermanas que él mismo nos enseñó, y que quería que cada persona descubriera personalmente también me enseñó mucho, ponía especial cuidado en amar al prójimo concretamente: en la escucha atenta, en la oración, con palabras de aliento.

Me di cuenta y puedo decir que toda la enseñanza del padre, sea de Teología, de Filosofía, de Teología Mística, estaba ligada a su persona de alguna manera, puesto que hablaba de lo que él mismo vivía. Todo lo que enseñaba y predicaba era Jesús, Dios. Esto fue muy importante para mí, para mi vocación, para querer y desear cada vez más consagrarme a Jesús, para amar más a la Virgen María, para consagrarme a través de la vida religiosa. Todo me ha ayudado mucho a buscar y amar yo también a Dios.

Puedo decir con respecto al padre Philippe que es un verdadero padre para mí, porque al practicar lo que enseñaba y predicaba, me enseñó a ir a lo más profundo y esencial de mi vida humana y cristiana.

Gracias.

Una hermana

México, D.F, 19 de junio de 2013.