Notas de la conferencia del padre MD Philippe, sobre la Cuaresma y la conversión

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Es en el último acto de la vida terrestre de Cristo, cuando entra en este estado victimal último, que la operación de Cristo alcanza su perfección: todo dado al Padre para volver al Padre –vado ad Patrem–, en este acto que toma posesión de todo su cuerpo molido por el sufrimiento, este acto donde Jesús se ofrece como víctima de amor.(…)

Este acto de conversión que realizamos con el Espíritu Santo, bajo el soplo del Espíritu Santo, participa a este acto último, y no puede realizarse que en comunión con este acto último de Cristo que nos es dado todos los días en el sacramento de la Eucaristía; no sólo manifestado, sino dado. La Eucaristía ha sido instituida para que vivamos este acto, para que este acto sea nuestro acto. Jesús, que es la Sabiduría, “se comunica sin envidia”, y por tanto todo lo que él tiene, nos lo comunica (¡si nosotros queremos!) para que sea nuestro acto. He ahí lo que nos da la fuerza de “vender todo”. Nosotros no tenemos la consciencia (pero podemos tenerla, y está bien) de que sólo este acto puede darnos el impulso, puede permitir la realización concreta donde nosotros mismos estamos ofrecidos con Jesús en holocausto de amor. Si Jesús no ha realizado en sí mismo la conversión, él es sin embargo fuente de toda conversión, y sobre todo de las conversiones con respecto a las virtudes teologales, puesto que ellas son lo más radical y lo más profundo.

Hace falta comprender que cada vez que queremos ofrecernos a Jesús para convertirnos (la ofrenda de nuestra inteligencia, ofrenda de nuestra voluntad, de nuestra capacidad de amar), cada vez que, bajo la influencia del Espíritu Santo, respondemos a esta llamada a una conversión total, realizamos esta conversión a través de la operación vital del amor de Jesús que vuelve al Padre ofreciéndose, dándose al Padre y a nosotros. Este don que Jesús realiza, este don que hace al Padre y a nosotros, tiene una eficacia divina última, y esta eficacia última, si la pedimos, si le suplicamos a Jesús que nos la dé, realiza esta conversión de amor donde toda nuestra inteligencia, toda nuestra voluntad, toda nuestra capacidad de amar, están ofrecidas al Padre por Jesús, por la ofrenda que él hace de sí mismo en la Cruz. La conversión en el sentido más fuerte y más profundo es siempre una conversión a partir del amor y hacia el amor, y una conversión que no tiene límites, puesto que es Jesús mismo que se ofrece al Padre, que se da al Padre en nombre de toda la humanidad. No añadimos nada a la ofrenda de Jesús, y sin embargo la ofrenda de Jesús está hecha para eso, para que podamos cooperar, como María.

padre Marie-Dominique Philippe, Conferencia, 1 marzo 1995